Ensayo de Lafcadio Hearn sobre el incienso -I-

inciensoVeo, surgiendo de la oscuridad, un loto en un jarrón. Apenas se entrevé el jarrón; pero se que es de bronce, y que sus vislumbradas asas son cuerpos de dragones. Sólo el loto está iluminado de lleno: tres puras flores blancas, y cinco grandes hojas de oro y verde -oro arriba, verde en la ensortijada superficie inferior-, un loto artificial. Está bañado por un sesgado haz de sol; la oscuridad, debajo y en torno, es el crepúsculo de la cámara de un templo. No veo la abertura a través de la que se vierte el resplandor; pero me doy cuenta de que es una pequeña ventana moldeada en forma de campana de templo.

La rozáon por la cual veo el loto -un recuerdo de mi primera visita a un santuario budista- es que ha llegado hasta mi un aroma a incienso. A menudo, cuando huelo incienso, esta visión sobreviene; y luego, de costumbre, otras sensaciones de mi primer día en Japón reviven en sucesión veloz con casi dolorosa agudeza. Sigue leyendo