Ensayo de Lafcadio Hearn sobre el incienso -I-

inciensoVeo, surgiendo de la oscuridad, un loto en un jarrón. Apenas se entrevé el jarrón; pero se que es de bronce, y que sus vislumbradas asas son cuerpos de dragones. Sólo el loto está iluminado de lleno: tres puras flores blancas, y cinco grandes hojas de oro y verde -oro arriba, verde en la ensortijada superficie inferior-, un loto artificial. Está bañado por un sesgado haz de sol; la oscuridad, debajo y en torno, es el crepúsculo de la cámara de un templo. No veo la abertura a través de la que se vierte el resplandor; pero me doy cuenta de que es una pequeña ventana moldeada en forma de campana de templo.

La rozáon por la cual veo el loto -un recuerdo de mi primera visita a un santuario budista- es que ha llegado hasta mi un aroma a incienso. A menudo, cuando huelo incienso, esta visión sobreviene; y luego, de costumbre, otras sensaciones de mi primer día en Japón reviven en sucesión veloz con casi dolorosa agudeza.

Es casi ubicuo, este perfume de incienso. Se hace un elemento del ligero pero complejo e inolvidable aroma del Lejano Oriente. Ronda las moradas y los templos, el hogar del campesino y el yashiki del príncipe. Los santuarios sintoístas, desde luego, están libres de él, siendo el incienso una abominación para los antiguos dioses. Pero allá donde el budismo existe, hay incienso. En cada casa donde hay un altar budista o tablillas budistas, se quema incienso a ciertas horas; e incluso en las más rústicas soledades campestres hallará usted incienso ardiendo levemente ante imágenes al lado del camino: figurillas de piedra de Fudo, Jizo o Kwanon. Muchas experiencias de viajes -impresiones extrañas de sonido y también de visión- permanecen asociadas en mi memoria con esa fragancia: vastas, silenciosas y ensombrecidas avenidas que conducen a viejos y sobrenaturales santuarios; escaleras mohosas de gastados peldaños ascendiendo a templos que se desmoronas sobre las nubes; alborotos de regocijo en noches de fiesta; cortejos fúnebres ataviados con lienzos, deslizándose lentamente a la trémula luz de linternas; el murmullo del rezo familiar dentro delas cabañas de pescadores en costas lejanas y tormentosas; y visiones de pequeñas tumbas solitarias señaladas tan solo por los hilos del humo azul ascendiendo, tumbas de mascotas o pájaros, recordados por corazones sencillos en la hora de la oración a Amida, el Señor de la Luz Inmensurable.

Pero el aroma del que hablo es solamente el del incienso barato, el incienso de uso general. Hay otras muchas clases de incienso; y la gama de calidad es sorprendente. Un haz de varillas de incienso común (son aproximadamente del mismo grosor que la mina de un lapicero corriente, y algo más largas) puede comprarse por unos pocos yenes; mientras que un haz de mejor calidad, y que a ojos inexpertos presenta solo alguna diferencia de color, puede costar varios yenes y ser barato a ese precio. Especies mas costosas de incienso -verdaderos artículos de lujo- tienen forma de tabletas, pastillas, grageas; y un pequeño envoltorio de ese material puede valer cuatro o cinco libras esterlinas. Pero las cuestiones relativas al comercio y la industria del incienso japonés representan la parte menos interesante de un asunto singularmente curioso.

Continuará……>

2 comentarios

  1. Completamete atrapada, pude oler el incieso y perderme en los aires orientales… Muy bueno!!

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