el fantasma de la mujer de la nieve – cuento tradicional

fantasma En el pueblo de Hoi, una aldea de apenas once casas, todas muy pobres, vivía Kyuzaemon. Era muy pobre y doblemente desafortunado porque había perdido al mismo tiempo a su hijo y a su esposa. Llevaba una vida solitaria.

En el atardecer del día 19 de enero del tercer año de Tenpo, es decir, 1833, una tremenda tormenta de nieve se abatió sobre la zona.

Cerró las contraventanas y se instaló en casa lo más confortable que pudo. Hacia las once de la noche le despertó un ruido como de arañazos en la puerta; era un ruido muy peculiar y se oía a intervalos regulares.

Kyuzaemon se incorporó en la cama, miró hacia la puerta, sin saber qué pensar de aquél ruido. Los arañazos volvieron de nuevo y con ellos la suave voz de una mujer. Pensando que pudiera ser la hija de uno de sus vecinos buscando ayuda, Kyuzaemon saltó de la cama; pero cuando llegó a la puerta sintió miedo de abrirla. Las voces y los arañazos comenzaron de nuevo justo cuando estaba junto a la puerta, y él preguntó con una voz atribulada:

-¿Quién eres tú? ¿Qué quieres?.

– ¡Abre la puerta! ¡Abre la puerta!- llegaba la voz desde fuera-. ¡Abre la puerta!.

nieves – No, hasta que sepa quién eres tú y qué haces tan tarde en una noche como ésta.

– Pero tienes que dejarme entrar. ¿Cómo puedo seguir adelante en una noche de nieve como ésta?. No busco comida, solamente refugio.

– Lo siento; pero no tengo futones ni sitio para dormir. No es posible que te quedes en mi casa.

– No quiero futones ni sitio para dormir, solamente refugio,- suplicó la voz.

– No puedo dejarte entrar de ninguna manera, -grito Kyuzaemon. -Es demasiado tarde y va contra las costumbres y la ley.

Dicho esto, Kyuzaemon aseguró la puerta con una fuerte barra madera, sin haberse atrevido siquiera a abrir un resquicio de la puerta para ver quién podía ser su visitante. Cuando volvía hacia la cama sintió un escalofrío al contemplar a su lado la figura de una joven, de pie junto a él, vestida de blanco, con el pelo cayendo por su espalda. No tenía la apariencia de un fantasma; su cara era hermosa y parecía tener alrededor de veinticinco años. Kyuzaemon, cogido por sorpresa y muy alarmado, exclamó:

– ¿Quién eres tú y cómo has entrado? ¿Dónde has dejado tus getas?.

– Puedo entrar donde quiera y cuando se me antoje, -dijo la figura-. Yo soy la mujer a la que no querías dejar entrar. No necesito getas; me muevo con los remolinos de la nieve; a veces incluso vuelo por el aire. Voy de camino a visitar la siguiente aldea; pero el viento se ha vuelto contra mí. Por eso quería que me dejases descansar aquí. Si me lo permites te prometo que me iré tan pronto como el viento amaine. En cualquier caso me habré ido por la mañana.

– No me importaría dejarte descansar aquí si fueras una mujer normal. De hecho me sentiría contento; pero me asustan mucho los espíritus, al igual que a mis antepasados, -dijo Kyuzaemon.

– No tengas miedo. ¿Tienes un butsudan?, -dijo la figura.

– Si, tengo un butsudan, -dijo Kyuzaemon-. ¿Pero para qué quieres saberlo?

– Dices que tienes miedo de los espíritus y de lo que yo pueda hacerte. Quiero presentar mis respetos a las tablillas de tus antepasados y asegurar a sus espíritus que nada tienes que temer de mí. ¿Puedes abrir el butsudan y encender la lamparilla?.

– Si,-dijo Kyuzaemon, temblando de miedo-. Abriré el butsudan y encenderé la lámpara. Por favor, reza también por mi porque soy un hombre desafortunado al que ha abandonado la suerte. Pero debes decirme a cambio quién y qué espíritu eres.

– Quieres saber demasiado, pero te lo diré, -dijo el espíritu-. Creo que eres un buen hombre. Mi nombre era Oyasu. Soy la hija de Yazaemon, el que vive en el siguiente pueblo. Mi padre, como quizá sepas, es un granjero, y acogió en el seno de su familia y como esposo para su hija a Isaburo. Isaburo es un buen hombre; pero a la muerte de su mujer, el año pasado, abandonó a su suegro y volvió a su antigua casa. Esa es la razón principal por la que voy a buscarle y recriminarle por su acción.

– Entiendo, -dijo Kyuzaemon- que la hija que se casó con Isaburo ¿fué la que pereció el año pasado en la nieve?. Si es así, entonces tu tienes que ser el espíritu de Oyasu, la esposa de Isaburo.

– Si, así es, -dijo el espíritu-. Yo era Oyasu, la esposa de Isaburo, quien murió el año pasado en una ventisca, de la cual mañana se cumple el aniversario.

Kyuzaemon, con manos temblorosas, encendió la lámpara del pequeño butsudan, murmurando “Namu Amida Butsu; Namu Amida Butsu” con un fervor que nunca antes había sentido. Hecho esto, vió avanzar la figura de la Yuki Onna, Espítu de la Nieve; pero no se oía el ruido de sus pasos mientras se deslizaba hacia el altar.

Kyuzaemon se retiró a la cama, donde cayó dormido en seguida; pero luego le pareció escuchar la voz de la mujer despidiéndose. Antes de tener tiempo de incorporarse, ella había desaparecido, sin dejar huella. La luz aún ardía en el butsudan.

Kyuzaemon se levantó al romper el alba y fué a la siguiente aldea para ver a Isaburo al que encontró con su suegro, Yazaemon.

– Sí, -dijo Isaburo-, ha sido un error abandonar al padre de mi esposa cuando ella murió, y no estoy sorprendido de que en las noches que nieva se me aparezca continuamente, como un reproche, el espíritu de mi esposa. Esta mañana, muy temprano, la he visto otra vez y he decidido volver. Hace escasamente dos horas de ello.

Haciendo cábalas sobre lo ocurrido, Kyuzaemon e Isaburo cayeron en la cuenta de que el espíritu de Oyasu, después de abandonar la casa de Kyuzaemon, habia ido directamente a ver a Isaburo y estuvo con él hasta que éste prometió volver a la casa de su padre y confortarle y cuidarle en su ancianidad.

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